Por: Natalia Lobo (@natysideas)

Siempre le he tenido miedo a las alturas. Bueno, también le tengo miedo a otras cosas. Pero, definitivamente, las alturas y morir ahogada en el mar estarían en mi top 3 de miedos (ir)racionales. Pero aquel 27 de agosto dejé el miedo de lado por unos segundos y esos segundos de valentía se sintieron como una eternidad.

En Punta de Teno se unen el norte y el sur de Tenerife. Uno incluso puede ver el cambio de color en el mar. No puedo recordar cual era más oscuro o más rebelde. El camino al final de la isla no es fácil, como no lo es hacia nada que valga la pena. Después de todo, cualquier sensación de riesgo se desvanece cuando uno ve el faro, siente la arena negra bajo los pies y se deslumbra con el océano infinito de dos tonos de azul, pero siempre intenso.

Hay personas cercanas que no sé cómo clasificar. Son amigos, pero al mismo tiempo no lo son del todo. Compartimos momentos importantes de nuestra vida pero, a veces, parece que no podemos decirnos a la cara nada relevante. Como sea, él es una de esas personas. Y, por supuesto, estaba ahí. Y estaba feliz de que fuera así porque tal vez, de otra forma, nunca me hubiera atrevido a saltar. A veces, uno necesita un reto. Alguien o algo que te obligue a ir más allá de tus límites así sea solo porque no quieres que se burlen de ti.

Me paré allí, al final de la isla y al borde del acantilado, que realmente no lo era. La verdad es que no estaba tan alto. Pero, vamos, yo soy la chica que ni siquiera se lanza del trampolín en la piscina. Tres, cuatro metros, ¿tal vez? No lo sé. Era la altura, eran las olas y eran las piedras. ¿Y si caía mal y me mataba? Morir. Morir daba miedo entonces. Mi hermano estaba sano y salvo, él también. No me iba a morir. Si no era eso, ¿a qué le temía?

A lo desconocido.

En ese momento no era la altura ni el mar revoltoso.

Era no saber qué había debajo del azul ni que tan fría estaba el agua.

Pero salté, de todas maneras. Y en escasos segundos lo sentí todo. El aire, la adrenalina, el vacío en el estómago poco antes de fundirme con el mar. No estaba sola, ni me molestaba el frío. Fue como un momento de silencio, un instante de conexión. Sin embargo, tenía que respirar. Y ahí estaba de nuevo en algún punto del Océano Atlántico, con mi hermano y mi amigo/no amigo, con su tío, que acababa de tomar una foto de mi gran hazaña personal, y mi mamá.

No hice nada realmente extraordinario. Ni siquiera peligroso. Pero estaba feliz y me sentía libre. Porque al menos por ese día no volví a tener miedo. Ni a las alturas, ni a las olas, ni a lo desconocido.

Sabía que iba a estar bien. Porque para superar la incertidumbre, solo tenía que saltar.

 

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