Me gusta tomarme mi tiempo para prepararme antes de cada espectáculo. Los demás no entienden por qué ya que, según ellos, yo no hago “gran cosa”. Pues, tal vez no puedo volar por los aires y hacer piruetas como los acróbatas. Ni tampoco haré reír a la gente haciendo payasadas y vistiéndome como un ridículo. Ni impresionaré a las personas domando leones. Pero tampoco me importa. Yo soy la cara del circo. Yo soy quien los da a conocer, yo soy el que les da el suspenso, el que le despierta el interés al público. Yo soy el presentador. No soy un freak show.

Antes de salir a escena tomo un momento para entrenar. Le pedí al dueño del circo que me diera un camerino con suficiente espacio como para poder hacer ejercicio. Me gusta hacer flexiones y levantar pesas. Amo sentir como cada fibra de mis músculos se tensa con cada movimiento. Amo llevar mi cuerpo al límite. Y amo como luce después.

También me tomé la libertad de solicitar un espejo cuerpo completo. Así puedo apreciar todo mi reflejo. No es por nada, pero es sencillamente impresionante. No estaré tan inflado como el forzudo, pero no hay músculo que no se me marque. Sonrío mientras aprecio lo formada que está mi espalda y luego no dejo de sonreír porque mi sonrisa es perfecta. No puedo decidir que me gusta más: si mi mirada color caramelo o el lunar que tengo justo sobre los labios. O tal vez mi cabello, negro y sedoso. Creo que sólo amo todo sobre mí.

Sé que el resto se burla de mí. Me llaman “el niño bonito”. Me da risa como creen que eso puede ser un insulto, ¡cuando eso me halaga! Claro que soy un niño bonito. Siempre lo he sido. Y siempre supe que gracias a eso llegaría lejos. Y lo haré. Lo sé porque cada vez que salgo a presentar en la carpa todas las mujeres (y algunos hombres) me ven hipnotizadas. Lo puedo sentir. Sueñan con alguien como yo. Harían cualquier cosa por estar conmigo. Por sentir mis manos recorriendo sus curvas, por dejar que mi belleza las llene. Es como un súper poder. Y tengo que usarlo sabiamente.

Es por eso que no me preocupa que aquí en el circo ninguna quiera estar conmigo. Es más, eso me alivia porque acá todo el mundo es un fenómeno. Tal vez, la única mujer del circo que sea digna de mí es Marjorie. La asistente del domador. Es, sin duda alguna, muy hermosa. Tiene ojos verdes y el cabello pelirrojo, es menuda pero fuerte, con rasgos finos. Sin embargo, ella siempre me mira de una forma que no me convence. Sé que le gusto (obviamente), pero siento que ella piensa que de verdad soy un chiquillo. Por alguna razón, creo que esa mujer me querría más como su perrito faldero. Eso no me agrada para nada. Así que evito pensarlo.

Mientras me ducho, recuerdo mi vida antes de entrar al circo. Recuerdo a mi pueblo, y recuerdo a Mavi. Ella también era muy, muy linda. No de la manera tradicional, diría yo, pero había algo en ella que la hacía brillar. Sus grandes ojos cafés eran una ternura. Ella me amaba. Y yo… No lo sé, creo que también. Pero ella no era nada ambiciosa. Y yo sí. Yo no podía quedarme por siempre en ese pequeño hueco. Tenía mucho potencial para desperdiciarlo. Así que hice mis maletas y le dije adiós. A veces la extraño. Todavía tengo su número, pero nunca la he vuelto a llamar.

Cuando salgo de la ducha, espero sentirme renovado. No es así, una pequeña nostalgia me recorre el pecho. Y sigo pensando en cómo fue que llegué aquí. Hice varios castings y obtuve algunas respuestas. La única en la que me pagaban bien era esta. Y además me daba la oportunidad de viajar y conocer nuevos lugares. El publicista habló conmigo y me prometió ser una de las caras de las campañas. ¿Cómo no iba a aceptar? Sabía que era un gran primer paso.

Termino de vestirme. Estoy arreglando el lazo de mi traje. Llaman a la puerta. “¡Hey, niño bonito, cinco minutos para empezar!”, me gritan del otro lado. “Casi listo”, contesto. Ya completamente vestido, le echo una última mirada al espejo. Soy la perfección en persona. Sonrío y noto que no es una sonrisa feliz. Mi mirada se va ensombreciendo.

Una lectura de mi adolescencia vuelve a mí. El retrato de Dorian Gray. Esta vez me sale una sonrisa maliciosa. “Te equivocaste, Wilde”, le digo al espejo, a la nada. “La bondad no es lo que te hace bello… Es la oscuridad. Soy tan hermoso por fuera como vacío me siento por dentro”. Ya tengo que salir a la carpa. Me están esperando.

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