Expectativas

Por: Natalia Lobo

—Entonces… ¿Te veo el próximo jueves?, preguntó.

—Sí, nos vemos el próximo jueves, coincidió.

Y luego se bajó del vagón.

Pero él no estaba seguro de ir el próximo jueves. No porque no le haya gustado la clase. No porque no la haya pasado bien. No porque ella no le pareciera linda o simpática, porque sí. Ella era la clase de chica que te hacía decir: “pero qué ternura”. Y tenía una muy linda sonrisa…. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Exacto. Nada de eso tenía que ver. Estaba vacilando porque ya se había comprometido a cenar con su hermano el jueves. Y era una cena importante. La habían planeado desde hace dos semanas. Sin embargo, quería verla. No a ella, no. La clase. La clase de salsa.

Tenía varios meses sin ver a su hermano. Había estado muy ocupado: el trabajo, los amigos, el gimnasio y la tesis. Ah, la tesis. Por fin salió de esa tortura. Y su hermano también había estado ocupado. Su esposa, el trabajo, la casa, el máster. Ah, el máster. Ya le faltaba poco. Pero quedaron en verse. Irían a comer, luego por unas cervezas. Hablarían, se echarían chistes, reirían, se quejarían. Y hablarían de mujeres. Su hermano le diría que su esposa está insoportable pero luego sus ojos brillarían al decirle que “no hay de otra”. Porque la ama. Y él le hablaría de ella. De Nicole. La chica de las clases de salsa.

Se dio vuelta en la cama. “No, estás loco”, se dijo a sí mismo. “No puedes estar pensando en ella, ¡solo han hablado una vez!”. Pero fue una bonita conversación. Ni siquiera la había planeado. Solo pasó. Fue como si… Tenía que pasar, ¿entienden? Él había salido del salón. Salió rápido, sin detenerse, ni reparar mucho en nadie. Se encontraba en el metro, listo para irse. Y ella llegó y se paró justo a su lado. Él volteó y sonrió. “Hola”. Ella fue amable. “Pero no fue tan difícil como pensé que sería”, dijo. “¿No crees?”, preguntó no muy convencido, solo estaba alardeando. “¡No, es en serio!”, siguió entre risas, “claro, el estilo… El estilo sí es más difícil”, añadió.  El estilo. Estaba terminando la universidad. Estudiaba farmacia. No se la imaginaba como eso. Hablaba francés y quería aprender italiano. “Yo estudio italiano”, dijo. “¿De verdad?”. Sus ojos se iluminaron, eran tan bonitos.

Fue una lástima que solo pudieron hablar unos minutos.  “Acá me bajo”, dijo. Y él podría jurar que usó un tono lastimón. “Fue un placer… ¿cuál es tu nombre?”, preguntó. “Nicole”. “Nicole”, repitió, “soy Pablo”. “Pablo”, repitió ella. Sonrieron.

—Entonces… ¿Te veo el próximo jueves?

Él no podía ser tan estúpido. No fue como si hubieran prometido verse. Él lo dijo por cortesía. Para no tener que dar más explicaciones. Así de simple. Pero no podía dejar de imaginar(la). Imaginaba cómo sería volverla a ver. Y qué harían después de clases. Tal vez, le podría decir que fueran a comer por ahí. Una pizza. Nadie negaba una pizza. Y podría saber más sobre cómo le iba en la universidad. Y él le hablaría en italiano. Y reirían. Y él se enamoraría de su sonrisa. Y si todo iba bien, tal vez podría besa… Detente. No. No. No. Nada de eso era real. Ni siquiera iba a ir a la clase. Solo habían hablado una vez, por amor de Cristo. Una vez. No estaba siendo racional.

Exacto.

“Epa, bro, soy un idiota. Se me olvidó que ya había pagado esta clase de salsa el jueves. ¿Podemos vernos más tarde? ¿Tipo 9, 9:30?”, le escribió. Y esperó.

Escribiendo… 

Brr.

“Seguro”.

Brr.

“Pero no te tardes tanto”.

Se sintió liviano de nuevo. Todo iba a ser perfecto. Iría, la vería y esta vez le pediría su número de teléfono. Siento tener que irme tan rápido hoy. Es que ya quedé con mi hermano. Ella ladearía un poco la cabeza y voltearía los ojos. Está bien. No hay problema. Pero me debes una. Y la pagaría. Claro que sí.

Camino a la clase, comenzó a dudar. Algo le decía que… No, no. Claro que no. Esto estaba destinado. Si no, ¿por qué todo había sido perfecto hasta ahora? No era momento para dudar. Pero lo hacía. El corazón le pesaba, sí. El estómago revoloteaba. Pero ya no eran mariposas.

Llegó al salón. Nicole no estaba allí. “Seguro, no ha llegado”, pensó. Pero ya era casi la hora. Ella tenía que llegar. ¿O no?

—Gracias a todos por venir. Nos vemos la próxima semana.

No llegó.

Caminó hasta el metro, llegó a su casa, se duchó y decidió no pensar. No hacer conjeturas. No imaginarse nada. Porque cuando lo hacía, dolía. Y mucho.

—¡Miguel!

—¡Pablo!

Le dio un abrazo a su hermano. Comieron, bebieron cerveza, echaron chistes, rieron, se quejaron. “Pero no queda de otra”, dijo Miguel con los ojos iluminados.

—¿Y tú? ¿No hay chica todavía?

—Nop, nadie —contestó y tomó un sorbo.

—Ya llegará, hombre. Ya llegará.

Tal vez. Tal vez, no.

 

 

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